III
El mundo es un establo de muertos. Una flota de ataúdes bajo tierra. En las noches, remontan sus pasados, recuerdan de sus vidas caducas número y entrecalles. Nuestros muertos entran a casa sin premura, con llaves propias. Prenden cada hornilla de la estufa. Abren la puerta del refrigerador, se le sientan enfrente y, bañados por su luz fría, discuten con él en su idioma de gerundios mecánicos. Se cepillan los dientes con nuestros cepillos. Juegan a probarse nuestra ropa, se burlan de nuestros calcetines disparejos. Yo también, recién entrada y sin tocarlos, vi que tenían hambre, yo también, y sin tocarlos, quise gritar sus nombres, vi que habían dejado sus uñas de alejados centímetros en sus ataúdes y quise decirles yo también y quise yo, recién entrada, afilar mi rostro con la luz de sus voces. Yo, siendo quien soy, quien habla y desde dónde. Pero no hicieron caso. Respondieron apenas a mi cuerpo, como si fuera el recuerdo de sus vivos atravesándolos con un escalofrío invertebrado. Sentada en las orillas, los vi con bocas abiertas realizar el simulacro del llanto sin lágrimas. En realidad no están tristes; no les alcanza el cuerpo para tanto. La oscuridad les pesa como tierra mojada. Domesticados como mascotas insomnes, miran los semáforos de las calles vacías y tratan de recordar el nombre de los colores. Yo, recién entrada, quise olvidar para quedar tan trunca como ellos, pero en mis labios rojo, verde, amarillo, como quien come flores. Los desintegra el olvido de los vivos: cada facción olvidada se borra de sus rostros, se oscurece. Yo quise tomarlos de las manos, pero ellos se negaron a entrelazar sus dedos con los míos y supe que tampoco ahí pertenecía. Quise reconocer su celo, pero ellos nunca. Supe entonces que ni siquiera ahí, que yo tampoco, yo, recién entrada. Al salir de vuelta a la vida me pregunto: ¿se cansan los muertos de tanto aguantar la respiración? El suyo es un mundo submarino y sus movimientos son leves como de medusas que apenas creen en su cuerpo y se miran a través de sí mismas.
Elisa Díaz Castelo
El mundo es un establo de muertos. Una flota de ataúdes bajo tierra. En las noches, remontan sus pasados, recuerdan de sus vidas caducas número y entrecalles. Nuestros muertos entran a casa sin premura, con llaves propias. Prenden cada hornilla de la estufa. Abren la puerta del refrigerador, se le sientan enfrente y, bañados por su luz fría, discuten con él en su idioma de gerundios mecánicos. Se cepillan los dientes con nuestros cepillos. Juegan a probarse nuestra ropa, se burlan de nuestros calcetines disparejos. Yo también, recién entrada y sin tocarlos, vi que tenían hambre, yo también, y sin tocarlos, quise gritar sus nombres, vi que habían dejado sus uñas de alejados centímetros en sus ataúdes y quise decirles yo también y quise yo, recién entrada, afilar mi rostro con la luz de sus voces. Yo, siendo quien soy, quien habla y desde dónde. Pero no hicieron caso. Respondieron apenas a mi cuerpo, como si fuera el recuerdo de sus vivos atravesándolos con un escalofrío invertebrado. Sentada en las orillas, los vi con bocas abiertas realizar el simulacro del llanto sin lágrimas. En realidad no están tristes; no les alcanza el cuerpo para tanto. La oscuridad les pesa como tierra mojada. Domesticados como mascotas insomnes, miran los semáforos de las calles vacías y tratan de recordar el nombre de los colores. Yo, recién entrada, quise olvidar para quedar tan trunca como ellos, pero en mis labios rojo, verde, amarillo, como quien come flores. Los desintegra el olvido de los vivos: cada facción olvidada se borra de sus rostros, se oscurece. Yo quise tomarlos de las manos, pero ellos se negaron a entrelazar sus dedos con los míos y supe que tampoco ahí pertenecía. Quise reconocer su celo, pero ellos nunca. Supe entonces que ni siquiera ahí, que yo tampoco, yo, recién entrada. Al salir de vuelta a la vida me pregunto: ¿se cansan los muertos de tanto aguantar la respiración? El suyo es un mundo submarino y sus movimientos son leves como de medusas que apenas creen en su cuerpo y se miran a través de sí mismas.
Elisa Díaz Castelo
III
O mundo é um estábulo de mortos. Uma frota de caixões debaixo da terra. À noite, eles recordam os seus passados, lembram as suas vidas caducas e ruas transversais. Os nossos mortos entram em casa sem pressa, com chaves próprias. Acendem todas as bocas do fogão. Abrem a porta do frigorífico, sentam-se diante e, banhados pela sua luz fria, discutem com ele no seu idioma de gerúndios mecânicos. Escovam os dentes com as nossas escovas. Brincam a experimentar as nossas roupas, gozam com as nossas meias desemparelhadas. Eu também, acabada de entrar e sem os tocar, vi que estavam com fome, eu também, e sem os tocar, quis gritar os seus nomes, vi que tinham deixado as unhas a centímetros de distância nos seus caixões e quis dizer-lhes eu também e quis, acabada de entrar, amolar o meu rosto com a luz das suas vozes. Eu, sendo quem sou, quem fala e de onde. Mas eles não me deram ouvidos. Responderam apenas ao meu corpo, como se fosse a lembrança dos seus vivos a atravessá-los com um calafrio invertebrado. Sentada à margem, vi-os com as bocas abertas a realizar o simulacro do choro sem lágrimas. Na verdade não estão tristes ; o corpo não dá para tanto. A escuridão pesa-lhes como terra molhada. Domesticados como animais de estimação insones, olham para os semáforos das ruas vazias e tentam lembrar-se do nome das cores. Eu, acabada de entrar, quis esquecer para ficar tão incompleta quanto eles, mas nos meus lábios vermelho, verde, amarelo, como quem come flores. São desintegrados pelo esquecimento dos vivos : cada fação esquecida é apagada dos seus rostos, escurece. Quis apertar-lhes as mãos, mas recusaram-se a entrelaçar os dedos deles com os meus e soube que tampouco pertencia ali. Quis reconhecer o seu zelo, mas eles nunca. Soube então que nem sequer aí, que eu também não, acabada de entrar. Ao voltar para a vida, pergunto-me: os mortos cansam-se de tanto suster a respiração? O mundo deles é um mundo subaquático e os seus movimentos são leves como medusas que mal acreditam no seu corpo e se olham através de si mesmas.



